El Mar Aral   ¡Actualizado!


Remontémonos unos 60 o 70 años atrás.  Estamos en 1950 ubicados en lo que representa el cuarto lago salino más grande del mundo. Lo que se conoce como el Mar de Aral. Allí, en plena Unión Soviética, al sur de Kazajstán y al norte de Uzbekistán, este lago con sus 68.000 kilómetros cuadrados es el paraíso de los pobladores de la región desde hace siglos.

Todos los años son extraídas más de 50.000 toneladas de pescado de 30 especies. En sus costas, día tras día despiertan poblados enteros, alegres y bulliciosos listos para internarse con sus barcos y barcazas en este inmenso oasis de vida. Comerciantes, pescadores, marinos, ganaderos y agricultores viven felices al amparo del gran Mar de Aral, ya que todos tienen allí una tarea que cumplir, desde tiempos inmemoriales. El lago además sirve como regadío para una vastísima región de los alrededores, lo cual permite una frondosa vegetación de la que se nutren de frutas y verduras otras poblaciones más lejanas.

Millones de personas dependen desde hace centurias de este ciclo natural que ofrece la naturaleza y permite el equilibrio de la civilización. Sin duda alguna, el Mar de Aral es un lugar maravilloso para vivir. Pero eso era hasta los años 50…luego todo cambió.

La estupidez humana, una vez más, convirtió este paraíso en un infierno. A principios de los sesenta, el gobierno de Moscú desvió parte de los ríos que alimentaban al Mar de Aral con el objeto de incrementar la producción de algodón, al solo efecto de no tener que importarlo. En un principio fue un éxito ya que se multiplicó el producto y al mismo tiempo se duplicó la población. Pero las aguas que ya no llegaban al lago, hicieron que este comenzara su rápida y prolongada agonía. Aunque parezca increíble, nadie calculó que esto podría suceder, ni los ingenieros en hidráulica ni los gobernantes.

Actualmente el Mar de Aral es un desierto donde los barcos abandonados sirven solo para darle sombra a los camellos que deambulan por el lago seco. La pesca de aquellas 50.000 toneladas se redujo a cero, su nivel bajó 25 metros y el lago sólo ocupa 283 kilómetros cuadrados, algo insignificante si se lo compara con su pasado de gloria. La mayoría de los pozos de riego han quedado inservibles y más de seis millones de hectáreas de tierra ya no sirven por culpa de la salinización y la desertificación.  Donde antes había agua ahora hay arena.

Las tormentas de viento y polvo arrastran la sal del lecho seco y las llevan a más de 200 kilómetros estropeando las tierras para siempre y anulando cualquier posibilidad de cultivo. Los pueblos de las riberas, al igual que el agua del lago, se han evaporado para siempre.

Los antiguos pobladores han tenido que trasladarse y la zona, que hace apenas unos 50 años era una belleza natural, hoy es un páramo lamentable, producto por supuesto, de la eterna y sin límites imbecilidad del hombre.

 

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