El Río que no murió


El rio Diyala fluye entre Irán e Irak, desemboca en el rio Tigris y tiene una longitud de 445 kilómetros. Nace a más de 2000 metros de altura en los montes Zagro, en la provincia de Hamadán en Irán.81643155

Va bajando por zonas montañosas y durante un corto trayecto de 32 kilómetros se convierte en la frontera con Irak. Este mismo río hace varios cientos de años se llamaba Gyndes, y aunque parezca una frase sin sentido o una broma, fue condenado a muerte.

Resulta que unos quinientos años antes del nacimiento de Cristo, el rey Ciro II el Grande, fundaba el imperio persa. Alrededor del año 540 A.C. este hombre estaba devastando grandes territorios del este de Europa y también del oriente cercano.  Sus ejércitos, acostumbrados a las grandes batallas, con miles de bravos guerreros persas estaban avanzando duramente sobre Babilonia, pero se encontraron de golpe con un escollo inesperado: el río Gyndes.  Para cruzarlo no había otra manera de hacerlo si no era con barcas, pero para medir su fuerza o su cauce, el rey Ciro permitió que uno de sus caballos preferidos, casi sagrado, blanco y brioso corcel, se adentrara en las aguas.

El animal se fue internando en el río, hasta que un remolino le hizo perder pie y fue arrastrado por la correntada, muriendo ahogado.  El gran rey persa enfureció. No estaba acostumbrado a recibir ofensas de nadie y enloquecido por tal atropello de la naturaleza ordenó inmediatamente la condena a muerte del río Gyndes. Proclamó inmediatamente que lo mataran y prometió que lo iba a dejar tan aniquilado, que hasta una mujer caminando, sin que le llegara el agua a las rodillas, podría cruzarlo de allí en adelante.

Ciro aplazó la campaña contra Babilonia, se olvidó de sus conquistas y decidió poner el esfuerzo de todos sus hombres para cumplir la sentencia. Para eso dividió su ejército en dos, uno de cada lado del río, marcando con sogas 180 acequias en cada orilla. Y les ordenó que comenzaran a cavar. Miles de guerreros acostumbrados a duras batallas, se convirtieron de un día para el otro en sacrificados obreros hidráulicos. La obra duró cerca de tres meses hasta que quedaron listos 360 canales que, literalmente, vaciaron el río.

Al final de la colosal obra, Ciro II el Grande, marchó con su ejército por el viejo cauce que había quedado reducido a una red de arroyos insignificantes.  Tuvieron que pasar muchos años más para que la Naturaleza se encargue de regresar el río a su cauce, revocando la sentencia de muerte de aquel poderoso rey persa. Actualmente el caudal del Diyala, tal su nuevo nombre, se controla mediante varias presas que administran las crecidas que provocaban inundaciones importantes y sirven además, para irrigar toda la zona cercana a Bagdad, capital de Irak.

El río revivió con toda su energía, pero, una pena, ya no está Ciro II el Grande para verlo.

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