El raro humor del Rey


descarga (2)Talbot Edwards era el custodio de las joyas de la corona en la Torre de Londres en 1671.  Justamente a las siete de la mañana del 9 de mayo de aquel año, un clérigo amigo y tres hombres le hicieron una visita formal.

Como los conocía y supuso que iban a concertar el matrimonio de una de sus propias hijas, no dudó en dejarlos pasar, pero la idea era otra. Pronto descubrió que la intención era robar todas las joyas y la sorpresa no lo dejó pensar. Apenas se cerraron las puertas, los bandidos le echaron una capa encima al inocente guardia y le metieron una mordaza en la boca. Como se resistía y trataba de pedir auxilio, los hombres lo golpearon en la cabeza y mas tarde lo apuñalaron.

El jefe de la banda, el falso clérigo, era un delincuente irlandés, un coronel llamado Thomas Blood. Dando por muerto a Edwards, tomó la corona del rey y la aplastó para que entrara en una bolsa pequeña que llevaba encima. Uno de sus compañeros se metió en los pantalones otras joyas y el tercero escondió el cetro. Trataban de aserrarlo por la mitad cuando inesperadamente llegó el hijo del cuidador, encontró a su padre herido y dio la alarma.

Blood salió huyendo con la corona aplastada, pero no tuvo suerte. En el escape su caballo tropezó y lanzó al jinete que cayó sobre el empedrado. Luego de un corto forcejeo fue capturado por el hijo de Edwards y fue detenido. Al ser encarcelado dijo “fue una intento audaz, pero lo hicimos por una corona”.

Carlos II

Carlos II

El hombre fue encerrado en la Torre de Londres y al ser interrogado se negó a declarar ante nadie que no fuera el rey. Intrigado, Carlos II hizo que lo llevaran ante él. Blood le explicó que había combatido contra él en la guerra civil y en premio había recibido fincas irlandesas, que luego le habían confiscado tras la restauración del mismo Carlos II al trono. Para vengarse había resuelto robar las joyas de la corona. Le contó al rey que se disfrazó de clérigo y entabló amistad con el custodio. La idea del matrimonio entre la hija de Edwards y un falso supuesto sobrino de Blood fue apenas un invento que llevó cierto tiempo, para lograr que el cuidador de las joyas confiara y abriera sus puertas, cosa que logró sin problemas.

La insólita y audaz historia le causó tanta gracia al rey Carlos II que rompió en carcajadas. La atrevida explicación del coronel irlandés le resultó tan cómica como compleja y no paraba de comentar cuan estúpido habían sido. Tanto es así que lo puso en libertad y ordenó que se le restituyeran todas sus propiedades.

Obviamente el primer sorprendido ante la medida fue el pobre Edwards que había salvado su vida por milagro… 

Torpezas de la historia.

 

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