El Murciélago Francés


La mañana del 4 de febrero de 1912 se había presentado soleada en París. Alrededor de la famosa Torre Eiffel se daban cita cientos de personas para ver un espectáculo inolvidable.

Franz Reichelt los había reunido para mostrarle un invento que haría historia. Se trataba de un traje especial, mezcla de murciélago y de paracaídas que le permitiría volar desde lo alto de la torre y aterrizar suavemente pocos minutos después.

Reichelt era un famoso sastre del París de 1900 y un entusiasta estudioso de los diseños aeronáuticos de Leonardo Da Vinci, en los que se había basado para realizar su espectacular traje volador.  Un año antes el italiano Joseph Pino había probado con éxito el paracaídas para aviadores y muchos años atrás, un tal Garnerin había saltado sobre Londres con un paracaídas con campana de seda y siete metros de diámetro.

Pero el traje de Reichelt era diferente y sumamente original ya que al abrir los brazos, el piloto parecía un ave, mientras el resto del dispositivo iba frenando su caída. Obviamente los cuidadores de la Torre no le permitieron la subida si no presentaba un permiso especial de la policía francesa, cosa que el sastre consiguió en base a sus contactos. Aún así, le hicieron firmar un documento para librar a los empleados de la torre de toda responsabilidad en caso que el invento fallara, ya que la mayoría de ellos dudaba sobre el éxito de la empresa y nadie le tenía confianza.

Sin embargo Reichelt era muy obstinado y se tenía mucha fe.  Dos cámaras de cine filmaron la escena, todo un avance técnico para la época, gracias a lo cual todo quedó registrado para la posteridad.  Franz Reichelt mostró primeramente en tierra los atributos de su invento y luego ascendió a la parte más alta de la Torre. Una cámara captó la imagen de este hombre cuando se apoyó sobre los hierros de la estructura y miró hacia abajo. La otra cámara, en tierra, filmó toda la escena.

En un primer momento Reichelt parece dudar, pero luego de unos pocos segundos se lanza al vacío en busca de la gloria. No voló, no aleteó y no planeó.

La caída duró apenas unos breves segundos y el sastre se estrelló contra el suelo, pasando a la historia como uno de los ilusos más extraordinarios de París. Fue un vuelo rápido y murió en el acto.


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