Plomo negro


lapices-amarillos-300x236Una tarde de 1564 una tempestad extraordinariamente fuerte derribó un árbol en Inglaterra. Estaba en el poblado de Barrodawle, en el estado de Cumberland.  Debajo del lugar donde habían estado sus raíces afloró una sustancia extraña y de color negro, de aspecto mineral desconocida hasta entonces. Era una veta de plombagina o “plomo negro” y fue el grafito más puro encontrado en ese país y posiblemente en el mundo.

Esta tormenta y la caída del árbol, fue el inicio de algo que hoy es insustituible: el lápiz. Los pastores de la zona comenzaron a usar este elemento para marcar sus ovejas. Sin embargo, otros habitantes de la zona, con más sentido comercial, las partieron en trocitos y las vendían como “piedras de marcar”. Pero estas varitas tenían un problema: se rompían fácilmente y manchaban las manos al usarlas.

Un genio de las oportunidades resolvió el problema y las envolvió en un cordel que se iba desenrollando a medida que se gastaban.   A mediados del Siglo XVIII las minas inglesas de grafito eran explotadas por la Corona y servían para la fundición de cañones, razón por lo cual se convirtió en un mineral estratégico y era un delito llevarse de las minas un trocito, delito que se castigaba hasta con la pena de muerte.

En 1750 un artesano de Baviera, llamado Kaspar Faber mezcló el grafito con polvo de azufre, antimonio y resinas y logró una masa espesa que se mantenía más firme. Fueron las primeras minas de lápiz. En 1790, el químico e inventor Jacques Conté, por orden de Napoléon, se dedicó a hacer lápices dada la escasez, culpa de la guerra con Inglaterra. En 1795 se produjeron por primera vez lápices hechos de grafito, previamente molidos con cierto tipo de arcillas, prensado en barras que se horneaban en recipientes de cerámica. Por último se rodeaban de madera de cedro y se impusieron en todo el mundo.

En 1812, el ebanista William Monroe, de Massachusetts, fabricó una máquina que producía estrechas tablitas de madera a lo largo de las cuales, un aparato producía estrías justo en la mitad del delgado semicilindro moldeado. Luego Monroe unía con cola las dos secciones, pegándolas estrechamente junto al grafito. Había nacido el lápiz tal como lo conocemos. Su producción y venta recibió un fuerte impulso a mediados del siglo XIX de manos del barón Lothar Faber, que adquirió en 1856 una mina de grafito en Siberia, cuya producción hizo transportar a lomo de reno y por barco hasta su factoría en el poblado alemán de Stein.

Pronto empezaron a imitarlo. Enfadado logró en 1874 que el Reichtang promulgara una ley para proteger su marca, lo que convirtió al lápiz en el primer artículo patentado de Alemania: A.W.Faber.  Las iniciales eran las de su hijo Anton Wilhelm. A partir de allí, el lápiz se convirtió en un producto utilizado en todo el mundo.

Podría decirse que nació en Inglaterra, producto de una tormenta, aunque fue en Alemania donde se lo convirtió en lo que conocemos actualmente.

 

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