La Cueva de los Tayos


 En Ecuador existe un lugar que ha sorprendido al mundo en 1969. Se trata de la Cueva de los Tayos, uno de los lugares mas misteriosos y enigmáticos del planeta, descubierta por Juan Moricz en ese año, en la zona denominada Morona Santiago.cueva_tayos4

En esta caverna fueron hallados muchos objetos de valor, pero sin duda, lo que más impàctó fue el hallazgo de unas curiosas planchas metálicas que contenían unos dibujos e inscripciones pertenecientes a una antigua civilización al parecer no humana, pues también se encontraron diferentes objetos que no parecían concordar con el tiempo en que fueron creados. Para mayor misterio muchos de los objetos encontrados fueron confiscados por misteriosos hombres de negro, muchas veces presentes en estas historias, según algunas fuentes.

Allí se encontraron muchas láminas de oro con inscripciones parecidas a jeroglíficos, estatuas de estilo medioriental y numerosos objetos de oro, plata y bronce, cetros, yelmos y gran cantidad de placas con forma de discos.

Esta cueva antes de que Juan Moricz la revelara al mundo ya era frecuentada por los indígenas de zona que solían entrar en ella en busca de las crías de unas aves que suelen anidar en el interior de la caverna. Después de la primera expedición muchos fueron los interesados en este misterioso lugar y es que las placas metálicas eran muy extrañas y revelaban simbolos muy conocidos por todos como inscripciones y dibujos similares a los de la antiguas civilizaciones Sumerias o civilizaciones hindúes, algo impensable para la ciencia oficial.

Cuando la noticia del extraño descubrimiento de Moricz se divulgó por el planeta, muchos estudiosos y esotéricos decidieron explorar la caverna en expediciones privadas.
Una de las primeras y más arriesgadas expediciones

fue la conducida en 1976 por el investigador escocés Stanley Hall, en la cual participó, dicen,  el astronauta estadounidense Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la luna en 1969.
Se narra que el astronauta refirió que los tres días que permaneció en el interior de la gruta fueron incluso más significativos que su legendario viaje a la luna.
En la empresa participó el espeleólogo argentino Julio Goyen Aguado, amigo íntimo de Juan Moricz, de quien había recibido referencias sobre la exacta localización de las placas y láminas de oro talladas.

Según otros investigadores, quien verdaderamente descubrió los inmensos tesoros arqueológicos de la Cueva de los Tayos no fue el húngaro-argentino Moricz, sino más bien el sacerdote salesiano Carlos Crespi (1891-1982), nativo de Milán.
Crespi habría indicado a Moricz cómo entrar en la caverna y cómo encontrar el camino correcto en el laberinto sin fondo que se encuentra en sus profundidades.
Carlos Crespi, quien llegó a la selva amazónica ecuatoriana en el lejano 1927, supo ganarse pronto la confianza de los autóctonos Jíbaros, aborígenes de la zona e hizo que le entregaran, en el curso de los decenios, cientos de fabulosos pedazos arqueológicos que se remontan a una época desconocida, muchos de ellos de oro o laminados en oro, por lo general magistralmente tallados con arcaicos jeroglíficos que nadie ha sabido descifrar hasta hoy.
A partir de 1960, Crespi obtuvo del Vaticano la autorización de abrir un museo en la ciudad de Cuenca, donde estaba ubicada su misión salesiana. En 1962 hubo un incendio y parte de los hallazgos se perdieron para siempre.
Crespi estaba convencido de que las láminas y las placas de oro que él encontró y estudió señalaban sin lugar a dudas que el mundo antiguo medioriental, anterior al diluvio universal, estaba en contacto con las civilizaciones que se habían desarrollado en el Nuevo Mundo a partir de hace sesenta milenios.

Según el Padre Crespi, los arcaicos signos jeroglíficos grabados quizá con moldes, no eran otra cosa que la lengua madre de la humanidad, idioma que se hablaba antes del diluvio.
Carlo Crespi dice que la Cueva de los Tayos no tenía fondo y que las miles de ramificaciones subterráneas no eran naturales, sino construidas por el hombre en el pasado. Según Crespi, la mayoría de los hallazgos que los indígenas le daban provenían de una gran pirámide subterránea, situada en una localidad secreta.
Los arcaicos jeroglíficos incisos en las láminas de oro de la Cueva de los Tayos recordaban el antiguo alfabeto de los Hititas, que habían viajado y colonizado parcialmente a Suramérica dieciocho siglos antes de Cristo. En muchas placas y láminas de oro había varios signos recurrentes: el sol, la pirámide, la serpiente, el elefante.

Cuando Carlo Crespi falleció, en enero de 1982, su fantasmagórica colección de arte antediluviana fue sellada para siempre, y nadie pudo admirarla nunca más. Hay muchos rumores sobre la suerte de los valiosísimos hallazgos recogidos pacientemente durante largos decenios por el religioso milanés.
Hay quienes dicen que simplemente fueron enviados en secreto a Roma y que yacen todavía en algún rincón del Vaticano.
Otras fuentes pretenden probar que el Banco Central del Ecuador compró, el 9 de julio de 1980, por la suma de 10.667.210 $, aproximadamente 5000 piezas arqueológicas de oro y plata.
Prescindiendo de la localización física actual de los hallazgos arqueológicos del Padre Crespi, quedan las fotografías y los numerosos testimonios de muchos estudiosos que prueban su veracidad.
Casi parece que alguien quiso ocultar las fantásticas piezas arqueol

descarga (1) descarga images tayos03ógicas coleccionadas y estudiadas por el religioso milanés. Pero…¿Por qué?
Con seguridad, la prueba de que pueblos antediluvianos y otros sucesivos al diluvio, pero netamente mediorientales, hayan visitado la cuenca del Río Amazonas en tiempos tan remotos y que hayan dejado una tal cantidad de maravillosos hallazgos es una verdad que podría ser incómoda para el mundo científico de hoy.

Queda el misterio de por qué todo aquel inmenso tesoro fue reunido en la Cueva de los Tayos y en los laberintos que se encuentran en sus profundidades.

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