La Sangre de San Jenaro


San Jenaro - sangre blogSan Jenaro era obispo de Benevento en el año 305, y fue perseguido por el emperador Diocleciano a fin de que reniegue de su fe cristiana. Luego de varios intentos por asesinarlo, lo decapitan sobre una colina que domina Pozzuoli, en Italia.

Una mujer recogió la sangre del mártir y la guardó en dos ampolletas que conservó hasta que el cuerpo del santo fue trasladado a Napolés en el año 315.  Allí se las dio al obispo, quien las acercó a la cabeza de Jenaro… y vio cómo la sangre se licuaba.

Este fenómeno se produjo en el siglo XIV, mientras se edificaba la catedral de San Jenaro, en Napoles.

El suceso se repite desde entonces en las fiestas instituidas en su honor. Esos días los canónigos exponen las reliquias de la cabeza y la sangre sobre el altar principal. El oficiante verifica que la sangre esté seca y bien coagulada, luego comienzan las oraciones solicitando que el milagro se repita. De vez en cuando, un sacerdote acerca un cirio y al cabo de un tiempo la sustancia comienza a deslizarse por las paredes del recipiente.

Las opiniones son encontradas. Por un lado las que dicen que se trata de un fenómeno sobrenatural y divino. Por el otro los escépticos, que denuncian trucos y supercherías, acercando explicaciones racionales.

Algunos ven la consecuencia de una hábil manipulación introduciendo agua y cal viva o cualquier elemento solvente. Otros piensan que se trata de partículas de cera que se funden con el calor de las manos del oficiante o del cirio que lo ilumina.  Algunos sostienen que las ampollas contienen una solución sólida que se licua al entrar en contacto con el aire.La ciencia aporta sus propias respuestas, muy lejanas de milagros o fenómenos divinos, pero los creyentes las refutan una y otra vez.

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Lo cierto es que los relicarios de la cabeza y la sangre de San Jenaro salen en procesión por las calles de Nápoles, en mayo cuando conmemoran su traslado. Luego en septiembre para recordar su martirio y finalmente en diciembre para recordar su protección por la erupción del Vesubio en 1631.

Lo cierto es que desde el siglo XIV, este espectáculo moviliza a multitudes, sin que la superchería o la buena fe de los canónigos napolitanos haya sido formalmente probada. La Iglesia acepta, mira, calla y espera.

 

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