Las Calaveras de Otranto


imagesOtranto es actualmente una pequeña población de 6.000 habitantes al sur de Italia, exactamente sobre el taco de la bota de la península donde se conecta el Mar Adriático con el Jónico.   El 28 de julio de 1480 una flota otomana llegó a las costas del pueblo que en aquel entonces pertenecía al reino de Nápoles.

El invasor era Mohammed II y sus hombres dominaban buena parte del continente europeo luego de tomar Constantinopla, unos veinte años antes.

La cantidad de habitantes de Otranto eran en esos tiempos, casi la misma que hoy, pero los soldados que defendían el pueblo sólo ascendían a 400 que tuvieron que enfrentarse a por lo menos 50.000 hombres que desembarcaron de más de 200 barcos. Los pobladores se atrincheraron en el castillo para defender el pueblo. Sin embargo poco y nada pudieron hacer porque no contaban con elementos de guerra suficientes. La conquista se hizo fácil y luego de algunas horas de bombardeo, finalmente el 11 de agosto los sanguinarios otomanos quebraron la resistencia y entraron a la fortaleza. La pelea fue breve y los pocos soldados defensores fueron pasados a degüello.

Las mujeres y los niños fueron condenados a la esclavitud y un grupo de 800 hombres fueron llevados prisioneros a la colina de Minerva, que actualmente se llama Colina de los Mártires, y se les obligó a cambiar su fe cristiana por la de los musulmanes para salvar sus vidas.

Antonio Primaldo, un zapatero del poblado, declaró en nombre de todos los cristianos prisioneros que preferían morir antes que convertirse a otra religión que no sea la de Cristo. Así firmaron su sentencia de muerte y fueron inmediatamente decapitados uno por uno. Fue una matanza salvaje y a sablazo limpio. Cuando Mohammed ordenó la retirada del pueblo, todas esas cabezas fueron trasladadas a la catedral de Otranto y se decidió exponerlas en sus paredes como muestra de fe y en recordatorio de aquella salvaje decisión llevada a cabo el 13 de agosto de 1480.

Desde ese entonces, 813 calaveras de los hombres del pueblo, permanecen exhibidas, una al lado de otra en la Catedral de Otranto enmarcadas en la cabecera de la iglesia, como macabra muestra de fe cristiana.

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