Orejas para la guerra


c-2El radar es un invento desarrollado durante el siglo XX principalmente en Inglaterra. Fue obra de un físico llamado Robert Watson Watt y su aparato fue decisivo, entre otras cosas, para salvar a Londres del bombardeo nazi en 1940. 

Sin embargo, antes de la realización de este invento que actualmente es indispensable aún en tiempos de paz, varias naciones del mundo trataron de crear aparatología de todo tipo al solo efecto de detectar por ejemplo, aviones a distancia.

Los principios de la localización acústica se remontan a fines del siglo XIX, curiosamente mucho antes de la aparición del avión en la vida moderna. Por ejemplo en 1879, un profesor de apellido Mayer, patentó un extraño aparato, mezcla de estetoscopio, audífono y multiprocesadora con pantallas enormes que se apoyaban sobre los hombros de un voluntario y mediante finas mangueras se unían al oído de los que andaban por la vida tratando de oir sonidos lejanos. No funcionó.

Años más tarde se modificó aquel estrafalario engendro y apareció el Topophone, un disparatado sistema de gigantescos embudos que se colocaban en las orejas y con mucho esfuerzo percibía alguna lejana vibración sonora difícil de identificar. Durante los siguientes años, se multiplicaron los amplificadores de sonido portátiles y aparecieron en el mercado infinidad de modelos que no servían para nada, aunque las mentes militares trataban de adaptarlo a las contiendas bélicas. La proliferación de ataques aéreos en distintos conflictos hizo que se multiplicaran sofisticados aparatos que prometían la escucha de aviones a distancia.

Enormes conos o cuernos apuntaban el cielo, mientras soldados con oídos sensibles estaban a cargo de las escuchas. Por su lado en Japón utilizaban las llamadas “tubas de guerra”, una especie de ametralladora de sonido, formada por enormes trompetas que lanzaban ruidos al espacio al solo efecto de derribar aviones con las ondas sonoras. Los británicos  por su parte, crearon una especie de espejos acústicos a lo largo del Canal de la Mancha. Eran espantosas estructuras con forma de media pelota,  de hormigón y más de diez metros de diámetro, con un orificio  en la parte inferior por donde el escuchador apoyaba el oído.

Algunas de estas monumentales “orejas” aún perduran en estado de abandono en varias zonas de Inglaterra.

Afortunadamente, en 1935 apareció el radar y todos estos inventos que demandaron horas de desarrollo y mucho dinero en su fabricación, quedaron en el olvido y hoy parecen pasos de comedia.

 

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