Trenes de Lujo


A mediados del siglo XIX el tren era un medio de transporte que causaba asombro y admiración a quien pudiera verlo en acción.  Era, literalmente, la maravilla de la tecnología que había llegado al mundo.

No escapaban a esa fascinación los monarcas de todo el mundo. Cuando la realeza viajaba lo hacía en vagones que nada le envidiaban a sus palacios. Los fastuosos interiores de los carros reflejaban el gusto personal del real viajero. El rey Luis de Baviera creó una versión en movimiento de sus castillos de ensueño y continuamente le agregaba toques de lujo, incluso en los asientos de excusado que tenían acojinamientos de plumas de cisne auténticas.images (1) images (2) images (3) nrm3

Tan orgulloso estaba de su tren que dicen que lo hacía circular aún vacío para que sus súbditos lo admiraran.  Pero aún mas costoso es el que mandó construir el virrey turco de Egipto, Said-Bajá. Su coche salón albergaba sus aposentos en un extremo y los de su harén en otro; la locomotora estaba decorada en color púrpura y plata con elaborados adornos en rojo y dorado.

La reina Victoria hizo su primer viaje en tren en 1842. Uno de los vagones tenía cortinas de seda en carmesí y blanco, con sofás labrados al estilo Luis XIV. El viaje fue bastante lento porque la soberana le temía a la velocidad y obligó a no sobrepasar los 70 kilometros/hora. Muchos otros jefes de estado gozaron de la opulencia del tren. El emperador austrohúngarro Francisco José I tuvo un tren con comedor de gala de 16 asientos, antecomedor y un enorme vagón cocina con literas para los jefes cocineros.

El último de los grandes trenes reales fue armado para Victor Manuel III de Italia en la década de 1930. Era un verdadero palacio renacentista en miniatura, con un salón para banquetes en rojo y dorado y otras habitaciones acabadas en cuero dorado, sedas, tapicería y maderas exóticas.

Sin embargo, los vagones privados amoblados fastuosamente sólo eran para los miembros de la realeza. El que se construyó para el papa Pio IX en 1859 tenía una sala interior del trono, forrada de terciopelo banco y una cúpula apoyada en pilares cioncelados, con estatuas de tamaño natural de la Fe, la Esperanza y la Caridad al frente.

En America, a fines del siglo XIX poseer al menos un tren con un salón fastuoso, con baños de mármol, plomería de oro, vajilla de plata, órganos, cuadros invaluables y murales hechos por encargo, se volvió un símbolo de posicion social muy importante para los estadounidenses más ricos.

 

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